martes, enero 19, 2010

Haití y la pérdida de la fe en nosotros

Hace una semana ocurrió la catástrofe de Haití. Perdón, el terremoto; la catástrofe de Haití lleva ocurriendo desde hace decenas y decenas de años, pero el terremoto, lo que ha centrado y hecho visible este país y sus desgraciadas gentes, ha sido el terremoto que el pasado martes derribó lo poco que una ciudad, Puerto Príncipe, capital de Haití, y lo casi nada que había de un estado. Entre las ruinas, miles de muertos, ya lo sabemos todos y lo hemos visto.

Desde primer momento que ocurrió, he sido muy crítico con los medios de comunicación, con la demagogia, el sensacionalismo y el oportunismo de todos, casi sin excepción. Cada vez más, no puedo dejar de pensar que los medios, como entes no personificados, se sienten afortunados cuando ocurren situaciones de este tipo y, por supuesto, cuanto más graves para quienes las sufren, mejor, pues la cobertura que requerirá será mayor. Desde el primer día las noticias han surgido solas, acompañadas de problemas que a los medios les han sabido a gloria, como dificultades de telecomunicación, para así presumir y vacilar de poder hablar con alguien allí; vídeos y audios de los testigos y víctimas; imágenes de rescates desesperados; declaraciones y testimonios de víctimas (a cuál más desgarradora y vendedora), etc. Los primeros cuatro o cinco días, turno para las noticias de rescatados bajo los escombros tras muchas horas, esos milagros que tanto adoran las cámaras y los flashes.

De la media hora especial de cada informativo de las cadenas de televisión españolas, se ha pasado desde el quinto o sexto día a los 15 minutos, y "gracias", pues ha habido víctimas españolas que han ocupado su respectivo y lógico tiempo. Pero al tiempo que las noticias de hoy son las mismas de las de ayer (desolación, caos, muertos, regodeos sobre amputaciones) y no salen cosas nuevas, la catástrofe del terremoto se autodiluye y cada vez es más crónica que cobertura en sí, pese a los medios materiales y personales que se han desplazado a la zona en sus alardes de poderío informativo-empresarial.

Vende y mucho, ver las imágenes de todo arrasado, de gente herida, muertos y personas que van a morir en los próximos días por falta de asistencia médica. Y además de eso, vende la cooperación y puesta en marcha de grandes dispositivos de ayuda de todos los países del mundo, que tratan de ayudar de forma inmediata al país y sus gentes. Pero la pregunta de cuánto durará este circo mediático es evidente, tanto como su respuesta: cuando las noticias de hoy sean las mismas de ayer y las de mañana; es decir, cuando la gente de Haití tenga que empezar a hacer su nuevo y duro día a día y a nosotros nos vuelva a importar lo mismo (nada), sus vidas y sus miserias.

Todo esto es tan demagógico como a mi modo de ver verdadero. Es así, molesta, a mí mucho, pero al final uno lo tiene que asumir y punto. En unas semanas, las noticias chorras volverán a copar los informativos y la triste clase política tomará el protagonismo que siempre ha tenido en este país: demasiado para lo inútil que demuestra ser. Siguiendo la demagogia, hoy mismo, Juanjo Madueño posteaba en Facebook la noticia de que 150 nigerianos han muerto en una lucha entre cristianos y musulmanes. He ido a mirarlo en las páginas de los diarios digitales y salvo en un brevísimo titular abajo en su portada (imagen), no viene en ninguno. Normal, ni habrá cámaras allí, ni es una catástrofe natural y seguro que ahora, incluso, estorba. ya podrían haberse esperado a masacrarse unas semanas, para poder tener sus minutos de gloria cubriendo esta noticia. Total, hombres matando a hombres... no es noticia salvo cuando no quedan noticias que contar.

Veremos en qué queda la reconstrucción de Haití, que yo supongo que en nada, como siempre. Si el mundo fuera un lugar gobernado por gente mínimamente inteligente y de verdad comprometida, harían de Haití un país reconstruido que pudiera vivir de una industria de energía renovable, que fuera autosuficiente, todo un ejemplo de sostenibilidad, donde su población de pudiera dedicar, con la formación necesaria, a vivir de esta industria. Por desgracia, Haití podría ser un excelente campo de pruebas para hacer un país sostenible a escala total, convirtiéndose en décadas del país olvidado que era y será de nuevo, a todo un ejemplo y modelo a seguir. Pero no, este mundo lo gobiernan los de siempre, y lo que es peor, los gobernados, nosotros, también somos los de siempre, y mañana pasaremos de Haití como de otras utopías. Aquí fallamos todos, y fallamos a Haití y al resto de la humanidad.

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